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En el corazón de Traslasierra, entre pintorescas comarcas, se destaca esta villa que proclama su carácter anfitrión, aunque no duda en defender el perfil bucólico que la caracteriza.
Al amparo de las Sierras Grandes, entre lomadas y valles, desperdigan sus perfiles previsibles estos caseríos que forman una unidad compacta con el paisaje.

Nada desentona, nada altera, todo se amalgama en una perfecta simbiosis que seduce al viajero citadino.
En parte, el microclima ideal que impera en Traslasierra y en buena medida por ejemplificar al reino del destiempo, su entorno produce un efecto bienhechor sobre locales y foráneos. No son pocas las anécdotas que gustan contar los lugareños, de viajeros atribulados por las preocupaciones cuando arriban y gente atenta y tranquila, cuando se marchan.

Un carácter anfitrión que hace compartir paisaje, gastronomía y clima posiciona a Nono en lo que a turismo se refiere.Sin embargo, sus habitantes tienen muy claro el destino que ambicionan para su pueblo: visitantes controlados, sí; aluvión e impacto ambiental, no.

La localidad de Nono es historia desde el mismo origen del nombre.
Proviene de ñuño, vocablo quechua que significa senos de mujer y señala los dos pequeños cerros que, altivos y elegantes, custodian la pureza de las aguas del río que los serpentea.

Un aroma a hierbas recién cortadas impregna los senderos del pueblo, que sacudió su modorra en los últimos años con la irrupción de cabañas y posadas.

En un tácito acuerdo, todas guardan un estilo que respeta el paisaje.
El damero céntrico se organiza alrededor de la plaza, a la que se enfrentan la Casa de la Cultura, la comisaria, un centro de exposiciones, un coqueto bar y un telecentro.
La iglesia parroquial San Juan Bautista preside la escena desde otra de las arterias que asoman al paseo público.

En esos bancos de plaza se entretejen de antaño las historias del pueblo: romances, intrigas y comentarios.
Jinetes que cruzan al paso el corazón del pueblo, saludan con un toque de sombrero al forastero, al igual que el lugareño trepado en el pescante del sulky.

Atados al palenque frente al bar, los caballos delatan a sus dueños. De tanto en tanto, un resuello de matungo alerta de la larga espera dominguera.Hacia el mediodía, los generosos aromas de humita y de asado embriagan los sentidos e invitan a los remolones a almorzar.

Escenas costumbristas que se reiteran a lo largo del año sin alterarse siquiera con la llegada de los turistas.
En la entrada, nomás, Beco Castelli mientras surte de combustible el automóvil del recién llegado, seduce con sus relatos, que se prolongan en uno o dos cafés, tal cual hizo Shahrazad, protagonista de Las mil y una noches para retardar la, hasta ese entonces, inexorable decisión del rey Shahriyar de ajusticiar a sus esposas cada noche luego de comprobar la infidelidad de la primera.
La fascinación de la narración de cuentos orientales, interrumpidos estratégicamente, terminó con el encantamiento y el olvido definitivo de la decisión inicial.

Pero también hay otros personajes ignotos que de una u otra manera contribuyen a forjar el "alma" del pueblo y generan un contundente embeleso en el viajero que, más tarde o más temprano, procura volver.

Guías especializados conducen a aquellos que buscan un acercamiento con la naturaleza, por caprichosos senderos, en cabalgatas, caminatas o paseos en bicicleta.
La Sierra de Achala, con sus ondeadas laderas, enmarca 14 kilómetros de playas que se dejan besar por las aguas del río Grande. En cambio, las del río Chico de Nono transitan sobre un lecho de rocas y piedras con profundos remansos.

La localidad es musa inspiradora de artistas que abrazan distintas disciplinas y por ello son numerosas las muestras pictóricas, de esculturas, de artesanías, conciertos y otras más, que enriquecen el espíritu. Simples cosas que graban a fuego el espíritu, suceden en Nono, sólo hay que ir tras ellas.

 

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